
Ya no soportaba un segundo más ahí. Salí rápido, desaflojándome la corbata, sin despedirme de nadie. Solo el Rafa se ganó con mi salida y me siguió hasta el paradero.
- ¿A dónde vas huevonazo?
Estiré la mano y paré una 77 vieja y destartalada. Ya no era necesario responderle, Rafa sabía a donde nos dirigíamos. – Eres un loco de mierda, me dijo mientras subía al micro quitándose la corbata negra.
Era domingo por la tarde y el sanjón estaba libre, así que llegamos más rápido de lo previsto al estadio. Entre empujones y puteadas se nos pasó mas de media hora de cola.
- ¿Cómo vas a venir a la tela a la popular pes causa? Nos recriminaba un piraña y nos hacía sentir mas pelotudos de lo que nos veíamos.
- Anda entrando primo -le dije al Rafa-, quiero meterme una meada antes de bajar. Quizás ni me escuchó. Solo siguió caminando, él sabía que desde chibolo, cuando venía contigo, siempre iba al baño apenas entraba al estadio para después no tener que pararme a la mitad del partido.
Cuando llegué a la tribuna Sebas estaba con él. Me bastó verle la cara para saber que Rafa ya le había contado todo. Quise evitar el incomodo momento, así que entre cariñosos lapos les dije con falso entusiasmo: – Hoy ganamos carajo, y ellos asintieron: - ¡Y no va a ser!
Los tres habíamos ido juntos al estadio desde que teníamos seis años. Tú nos trajiste por primera vez el 86 cuando jugamos la copa, y desde ese día hemos venido a casi todos los partidos de local. Hoy, en un clásico como este, no podíamos fallar.
Cuatro y treinta empezó el partido. Puntualísimo, decían algunos que no se enteraron que estaba programado para las cuatro y quince. Cantábamos sin parar en la tribuna y pasados los primeros diez minutos ya teníamos la camisa totalmente desabotonada y fuera del pantalón. En las tribunas todo era fiesta, pero adentro los nuestros parecían no estarla pasando tan bien. Nos llegaban con facilidad por los costados y sus centros siempre llevaban peligro.
A los 27 del primer tiempo nos vacunaron. Remate potente desde fuera del área y a nuestro arquero, Marco García, se le escapa de las manos. Que razón tenías cuando decías que este no se debió llamar Marco, sino Manco.
No cesamos en los cánticos y sin darnos cuenta ya estábamos en el descanso.
Prendimos un pucho y lo rotamos entre los tres. Tu siempre nos decías que una de las pocas cosas malas del estadio era que cuando ibas perdiendo te provocaba fumar.
Antes de empezar el segundo tiempo Sebas me dio un jalón de pelos y me dijo:
- Tranquilo que de todas maneras lo volteamos. Pasados los 20 de la segunda parte la frase cambió y, ya sin tanta convicción, me repetía: - De hecho empatamos, ah.
Sonaba tan simple cuando lo decía Sebas, pero en la cancha la realidad parecía otra y el equipo no generaba ni una sola opción clara de gol.
Faltando poco menos de diez minutos para que acabe el partido el árbitro cobró una falta a unos treinta metros del arco de ellos. En cualquier otro partido una jugada que habría pasado inadvertida. Pero no en éste. Ante la escasez de jugadas elaboradas, cualquier opción de empate pasaba por la remota posibilidad de que nuestro capitán pateara ese tiro de manera directa y mandará a guardar el balón en el arco rival.
Primero Sebas miró al cielo, luego lo siguió Rafa y cuando quise imitarlos noté que toda nuestra tribuna tenía sus ojos clavados ahí, en lo alto.
No creo en ni en santos, ni en milagros. Creo sí, en la capacidad de los hombres para concentrarse en causas comunes y lograr grandes cosas. Por eso cuando la pelota entró y la tribuna estalló no quise darle el crédito de aquella hazaña a nadie que no fuéramos nosotros mismos: - ¡La hicimos por la reconchasusmadres!, grité mientras nos abrazábamos cayendo inevitablemente contra quienes estaban adelante. En el suelo los tres nos repartimos cabezazos, puñetes y patadas como eufórico símbolo de alegría. Mientras nos reincorporábamos escuchamos como nuestra tribuna iba pasando del bullicio total hacía un profundo silencio y casi sin llegar a ver lo que sucedía en la cancha, empezamos a presentir lo peor.
Penal para ellos. Y ahí si, nada de causas comunes. Era una prueba definitiva, una oportunidad para convencernos de que los milagros existen. Casi como un ritual, en símbolo de oración, volvimos nuestros rostros hacía ese horrible cielo gris.
Apenas y escuchamos el grito de gol de su tribuna, era nuestro estadio y no les íbamos a dar el gusto de celebrar tan alegremente. Empezamos a corear los más populares cánticos para recordarles otras tardes en las que ellos sufrieron la derrota sin nuestra misma hidalguía.
Ya de salida caminamos bastante para distraernos y olvidarnos de la derrota, era otra costumbre de esas que tú nos pegaste. Casi al llegar a Miraflores divisamos un grupo de hinchas rivales y preferí quitarme la vincha para evitar sus burlas. Pero entonces me acordé de aquella primera vez cuando salimos de la cancha de ellos luego de una derrota y quise quitarme la camiseta. Recuerdo que me dijiste que me la dejara, que al equipo, como a los amigos y como a los viejos se les apoyaba toda la vida: “en las buenas y en las malas”.
Fue entonces cuando entendí que te estaba fallando, que no era la vincha lo que me debía poner, sino mi terno. Ese terno negro que me puse en la mañana para despedirte y que no soporte más, porque no quería que todas esas tías y tíos que ni me conocen bien me vieran llorar. Entendí que debía estar ahí a tu lado, porque aunque pasen mil años y no nos volvamos a ver más: siempre seré tu hincha, viejo.
Mi gran broder,Gonzalo Guerrero Barnechea.

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